Algunas reflexiones sobre la procrastinación

¿Cuántas veces dejamos algo para después, cuando perfectamente estamos en condiciones de hacerlo ahora mismo?

Como decía Escarlata O’Hara: “ya lo pensaré mañana”.

¿Somos conscientes cada vez que sucede o sencillamente lo justificamos diciendo que no era el momento más adecuado o que hay que buscar una mejor oportunidad para manejar esa cuestión?

Incluso para una mente creativa, retrasar indefinidamente el hecho de ponerse manos a la obra, esto es, a diseñar, proyectar, componer, escribir, planificar, pintar, etc… no me parece que pueda excusarse con facilidad, sino que por el contrario considero que Picasso tenía mucha razón cuando dijo que la inspiración llega cuando quiere, pero siempre te tiene que encontrar trabajando.

Estoy de acuerdo con el planteamiento que dice que cuando algo sucede una vez, podemos encontrarnos con una simple casualidad, si sucede varias veces, probablemente estemos ante una tendencia, pero, si sucede con frecuencia casi seguro que se haya convertido en un hábito.

Resulta muy sencillo reconocer algunos hábitos positivos que se adquieren en casa o en el colegio, durante la infancia, y después perduran en el tiempo. Suponen una aportación necesaria para el desarrollo de las personas y ayudan a que éste se produzca de una forma más natural y gradual.

Pero, por desgracia, en ocasiones no serán capaces de ir sustituyendo y desterrando con una velocidad e intensidad adecuadas aquellos hábitos negativos, que son un rasgo de inmadurez.

Así ocurre con la procrastinación, más propia de la edad infantil, en la que resulta comprensible y hasta tiene sentido, si bien en mi opinión, debería ir desapareciendo conforme avanzamos en el proceso de maduración personal, sobre todo cuando estamos afectando a terceras personas.

Desde mi punto de vista, de forma similar a como clasificamos los alimentos, podemos diferenciar entre acciones que tienen una fecha concreta de caducidad, otras que tienen una fecha de realización preferente y aquellas que se pueden llevar a cabo en cualquier momento.

Por lo general, no se trata de una actitud meramente perezosa (contra pereza, diligencia, decía mi abuela) sino que va más allá, implica una cierta carencia en la imprescindible capacidad de enfrentar la realidad, asumir responsabilidades y tomar decisiones, que pueden ser desagradables o cuando menos poco apetecibles.

No tenemos más remedio que evolucionar y adaptarnos continuamente, por mucho que cualquier cambio sea traumático por definición. Nadie debería pensar ni por un segundo que, si miramos para otro lado o cerramos los ojos, aparecerá un hada madrina caída del cielo que se encargará de atender por arte de magia todo lo que preferimos dejar para luego.

Aunque nos gustaría, no podemos refugiarnos eternamente en nuestra zona de confort, vivir en los mundos de Yupi, tratando de evitar que se produzca ningún cambio en nuestro entorno, puesto que nos sentimos muy a gusto en él.

Tampoco es posible que nosotros podamos desaparecer por un momento, cruzando y descruzando los brazos, como si fuéramos Burt Campbell en Enredo. Ni siquiera el personaje de ficción era capaz de hacerlo por mucho que lo intentaba continuamente.

Trasladado a la realidad de los proyectos, teniendo en cuenta que los asuntos y las situaciones solamente se pueden simplificar hasta un punto, pero, por el contrario, se pueden complicar hasta el infinito, deberíamos pensarlo dos veces antes de dejar para mañana o los próximos días, aquellos asuntos y situaciones que podemos manejar o resolver ahora mismo, al estar en una posición adecuada para hacerlo, cuando sabemos que el retraso no va a aportar nada bueno ni facilitar nuestro desempeño, sino todo lo contrario.

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